
EL PRINCIPIO
Curiosamente, alguno de los lugares más comunes, pueden convertirse en escenario de los acontecimientos más extraños, sin que éso afecte en absoluto al entorno; sin que tan siquiera la gente llegue a ser consciente de nada fuera de lo normal.
Algo así ocurrió el otro día.
Me encontraba yo tranquilamente sentada a la mesa de una cafetería, disfrutando del sabor de mi bebida -un delicioso batido de vainilla, elaborado artesanalmente por el camarero-, y distrayendo mi atención con la contemplación de los pocos clientes que compartían conmigo en aquellos momentos el agradable ambiente del establecimiento, pasatiempo éste que me encanta practicar. Tenía así mismo conmigo un libro, algo muy frecuente en mí, pues me gusta entretener mi intelecto con lecturas variadas. Sin embargo, no estaba leyendo en aquel momento. Simplemente, dejaba pasar el tiempo.
Acertó a entrar entonces un caballero que llamó poderosamente mi atención. Iba vestido de forma poco usual, pues nos encontrábamos en pleno verano, y él llevaba pantalones de pana verde oscuro, una especie de gabán largo gris marengo; asomaba por arriba un jersey de lana negro de cuello alto, sobre los hombros lucía una bufanda también negra que le caía desmañadamente sobre las solapas del gabán, tocaba su cabeza con un enorme sombrero de ala ancha, oscuro, y cubría sus manos con guantes de piel, negros. Una poblada barba ocultaba parte de su rostro, y se adivinaban mechones de pelo largo cayendo sobre su espalda.
Si a ésta apariencia unimos los andares de que hacía gala, pausados, como si caminara con solemnidad en medio de un nutrido grupo de damas y caballeros del siglo pasado sacados de algún cuadro, no puede extrañar a nadie que las cabezas giraran a su paso, para seguir con la mirada a tan infrecuente personaje.
El caballero se acercó a la barra, hizo una ligerísima inclinación de cabeza, y en un tono bajo pero sonoro, pidió su consumición, utilizando un lenguaje tan inusual como su indumentaria.
"Buen amigo", dijo con una entonación y una parsimonia fuera de toda lógica, "¿seríais tan amable de escanciarme en un vaso una cantidad generosa de vino tinto con la que mitigar mi sed y aliviar mi reseca garganta?".
El camarero, con una expresión un tanto bobalicona, aunque con cara de estar acostumbrado a oír todo tipo de cosas, se dio media vuelta, cogió un vaso, lo colocó sobre el mostrador, eligió una botella que mostró al caballero al tiempo que le preguntaba: "¿Éste le parece bien al señor?", y al ver una inclinación de cabeza denotando aprobación, sirvió la bebida, y siguió con sus demás obligaciones.
El camarero, con una expresión un tanto bobalicona, aunque con cara de estar acostumbrado a oír todo tipo de cosas, se dio media vuelta, cogió un vaso, lo colocó sobre el mostrador, eligió una botella que mostró al caballero al tiempo que le preguntaba: "¿Éste le parece bien al señor?", y al ver una inclinación de cabeza denotando aprobación, sirvió la bebida, y siguió con sus demás obligaciones.
El recién llegado, con mucha calma, comenzó a quitarse el guante de la mano derecha, dando pequeños tironcitos de cada uno de los dedos, comenzando por el meñique. Acabó de quitárselo, lo depositó sobre la madera del mostrador, tomó el vaso, aspiró el aroma del vino, y con gesto complacido dio un sorbo, tan minúsculo, que dudo mucho de que llegara a mojarle la lengua. Saboreó el líquido con delectación, y acto seguido fue bebiéndose el contenido del vaso, absorto en éste menester y ajeno al parecer a la curiosidad que su persona despertaba.
Aunque ésto no duró mucho. Al cabo de un rato, la mayoría de las personas que se encontraban allí, dejaron de prestar atención a tan peculiar individuo. Así que poco después, me sorprendió comprobar que yo era la única que aún seguía interesada en él. Y es que me fascinaba mirarle.
Desde donde yo estaba, veía su perfil izquierdo un poco desde atrás, ángulo que me permitía constatar la gran envergadura del caballero en cuestión. Era altísimo, de anchas espaldas, de constitución fuerte, pero en absoluto grueso. Era enorme, gigantesco, pero increíblemente proporcionado.
Yo estaba tan absorta en su contemplación, que no me percaté a tiempo de que el sujeto estaba girándose para ponerse frente a mí. Se volvió por completo, mirándome, y yo sólo conseguí reaccionar cuando mi mirada se cruzó con la suya. En ésa primera fracción de segundo, lo único que sentí fue vergüenza por mi descaro, una enorme vergüenza que me obligó a bajar la vista, y sentir que me sonrojaba. ¡Tierra, trágame!, pensé. Pero éso no ocurrió.
Lo que sucedió fue que, sobresaltada, comprobé que el caballero se había acercado a mi mesa, se situaba frente a mí, y repitiendo una inclinación como la que hizo al camarero, pero más pronunciada y larga, me preguntó con una voz profunda, suave e increíblemente modulada: "¿Permitiríais a éste impertinente servidor interrumpir, siquiera por breves instantes vuestra apasionada y solitaria contemplación de mi indigna persona, amable dama?".
Al escuchar aquellas palabras al tiempo que miraba a la cara a mi interlocutor, no supe hacer otra cosa que acceder gustosamente a su petición, y con un gesto de mi mano, le invité a sentarse en una silla próxima. Así lo hizo el caballero, agradeciendo con una amplia sonrisa mi deferencia.
Y fue sentarse, y tomar mi mano izquierda con tal fuerza, que creí que acabaría estrujada dentro de la suya.
Tras esos primeros momentos de estupor y dolor, el individuo aflojó su presión, volvió mi mano con la palma hacia arriba, y con el índice de su otra mano, la izquierda, empezó a dibujar signos sobre la mía. Yo creí estar viendo visiones. La yema de su dedo estaba limpia, pero en mi mano aparecían líneas, rectas y curvas, según él me rozaba la piel.
Eran trazos de color negro. Y yo sentía como si un cuchillo afilado me cortara. No sangraba, pero el dolor era muy intenso.
De repente, el individuo dejó de dibujar. Cerró mi mano, la aprisionó entre las suyas, e imperiosamente me gritó: "¡Mírame a los ojos!". Como hipnotizada, le miré.
Un brillo metálico me devolvió la mirada. ¿Dónde estaban aquellos ojos negros que ví yo antes? Se habían vuelto fríos, grises, metálicos. El hombre no volvió a hablar, no pronunció ni una palabra más, pero yo oí cómo me decía: "A partir de ahora, te concedo El Poder. Tu voluntad será fuerte como la mía. He venido desde mi dimensión en busca de La Compañera. Te he encontrado. Tú tenías el germen de La Fuerza en tu interior, y yo lo he despertado. Mi señal está en tu mano. Ahora tú eres poderosa como yo. Viajarás por el tiempo y por el espacio a tu antojo. Se te someterán las criaturas de todos los mundos, pero nadie te reconocerá. Habrás de vivir en soledad, como yo. Pero tu Fuerza y mi Fuerza son la misma cosa. Tu Poder y mi Poder son el mismo. Por eso tú y yo estaremos unidos por la distancia y separados por la voluntad. Ahora ya puedo irme. Jamás volveremos a vernos, pero siempre nos contemplaremos".
Y desapareció de mi vista.
Miré a mi alrededor, pero cada uno de los allí presentes seguían con sus charlas, con sus bebidas, con sus cosas, cada cual a lo que estaba haciendo. Nadie parecía haber notado nada raro.
Atontada, sin saber qué hacer, me levanté, aboné mi consumición al camarero, y le pregunté si conocía de otras veces al extraño caballero que había entrado antes. "¿Qué caballero, señorita?", preguntó él. "Pues el del sombrero, el gabán, los guantes y todo lo demás", contesté yo cargada de razón.
"Perdone, pero no ha entrado nadie así esta tarde. ¿No se da cuenta del calor que hace? ¡Quién iba a abrigarse tanto en verano! Habría sido todo un espectáculo verle, ¿eh?", dijo.
"Lo siento, lo siento, estaré confundida", contesté. Di media vuelta, y salí a la calle.
No comprendía nada. Aquel individuo parecía ser invisible para los demás, o no guardaban memoria de haberle visto. ¿Por qué yo sí? Entonces recordé mi mano. Ahí estaban los extraños signos dibujados, aunque empezaban a borrarse.
Paulatinamente, fui sintiéndome distinta por dentro. No sabría explicar en qué consistía el cambio, pero ahí estaba.
Aún ignoro las causas, el proceso, el origen de todo. Sé que en su momento llegaré al Conocimiento Total. Estoy en camino.
Las estrellas han cambiado de sitio, los planetas han sido habitados, el espacio ha sufrido mutaciones, pero mi Poder y mi Fuerza, junto con los Suyos, gravitan sobre las criaturas incontables que pululan por el Infinito.
21/8/98
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Aunque ésto no duró mucho. Al cabo de un rato, la mayoría de las personas que se encontraban allí, dejaron de prestar atención a tan peculiar individuo. Así que poco después, me sorprendió comprobar que yo era la única que aún seguía interesada en él. Y es que me fascinaba mirarle.
Desde donde yo estaba, veía su perfil izquierdo un poco desde atrás, ángulo que me permitía constatar la gran envergadura del caballero en cuestión. Era altísimo, de anchas espaldas, de constitución fuerte, pero en absoluto grueso. Era enorme, gigantesco, pero increíblemente proporcionado.
Yo estaba tan absorta en su contemplación, que no me percaté a tiempo de que el sujeto estaba girándose para ponerse frente a mí. Se volvió por completo, mirándome, y yo sólo conseguí reaccionar cuando mi mirada se cruzó con la suya. En ésa primera fracción de segundo, lo único que sentí fue vergüenza por mi descaro, una enorme vergüenza que me obligó a bajar la vista, y sentir que me sonrojaba. ¡Tierra, trágame!, pensé. Pero éso no ocurrió.
Lo que sucedió fue que, sobresaltada, comprobé que el caballero se había acercado a mi mesa, se situaba frente a mí, y repitiendo una inclinación como la que hizo al camarero, pero más pronunciada y larga, me preguntó con una voz profunda, suave e increíblemente modulada: "¿Permitiríais a éste impertinente servidor interrumpir, siquiera por breves instantes vuestra apasionada y solitaria contemplación de mi indigna persona, amable dama?".
Al escuchar aquellas palabras al tiempo que miraba a la cara a mi interlocutor, no supe hacer otra cosa que acceder gustosamente a su petición, y con un gesto de mi mano, le invité a sentarse en una silla próxima. Así lo hizo el caballero, agradeciendo con una amplia sonrisa mi deferencia.
Y fue sentarse, y tomar mi mano izquierda con tal fuerza, que creí que acabaría estrujada dentro de la suya.
Tras esos primeros momentos de estupor y dolor, el individuo aflojó su presión, volvió mi mano con la palma hacia arriba, y con el índice de su otra mano, la izquierda, empezó a dibujar signos sobre la mía. Yo creí estar viendo visiones. La yema de su dedo estaba limpia, pero en mi mano aparecían líneas, rectas y curvas, según él me rozaba la piel.
Eran trazos de color negro. Y yo sentía como si un cuchillo afilado me cortara. No sangraba, pero el dolor era muy intenso.
De repente, el individuo dejó de dibujar. Cerró mi mano, la aprisionó entre las suyas, e imperiosamente me gritó: "¡Mírame a los ojos!". Como hipnotizada, le miré.
Un brillo metálico me devolvió la mirada. ¿Dónde estaban aquellos ojos negros que ví yo antes? Se habían vuelto fríos, grises, metálicos. El hombre no volvió a hablar, no pronunció ni una palabra más, pero yo oí cómo me decía: "A partir de ahora, te concedo El Poder. Tu voluntad será fuerte como la mía. He venido desde mi dimensión en busca de La Compañera. Te he encontrado. Tú tenías el germen de La Fuerza en tu interior, y yo lo he despertado. Mi señal está en tu mano. Ahora tú eres poderosa como yo. Viajarás por el tiempo y por el espacio a tu antojo. Se te someterán las criaturas de todos los mundos, pero nadie te reconocerá. Habrás de vivir en soledad, como yo. Pero tu Fuerza y mi Fuerza son la misma cosa. Tu Poder y mi Poder son el mismo. Por eso tú y yo estaremos unidos por la distancia y separados por la voluntad. Ahora ya puedo irme. Jamás volveremos a vernos, pero siempre nos contemplaremos".
Y desapareció de mi vista.
Miré a mi alrededor, pero cada uno de los allí presentes seguían con sus charlas, con sus bebidas, con sus cosas, cada cual a lo que estaba haciendo. Nadie parecía haber notado nada raro.
Atontada, sin saber qué hacer, me levanté, aboné mi consumición al camarero, y le pregunté si conocía de otras veces al extraño caballero que había entrado antes. "¿Qué caballero, señorita?", preguntó él. "Pues el del sombrero, el gabán, los guantes y todo lo demás", contesté yo cargada de razón.
"Perdone, pero no ha entrado nadie así esta tarde. ¿No se da cuenta del calor que hace? ¡Quién iba a abrigarse tanto en verano! Habría sido todo un espectáculo verle, ¿eh?", dijo.
"Lo siento, lo siento, estaré confundida", contesté. Di media vuelta, y salí a la calle.
No comprendía nada. Aquel individuo parecía ser invisible para los demás, o no guardaban memoria de haberle visto. ¿Por qué yo sí? Entonces recordé mi mano. Ahí estaban los extraños signos dibujados, aunque empezaban a borrarse.
Paulatinamente, fui sintiéndome distinta por dentro. No sabría explicar en qué consistía el cambio, pero ahí estaba.
Aún ignoro las causas, el proceso, el origen de todo. Sé que en su momento llegaré al Conocimiento Total. Estoy en camino.
Las estrellas han cambiado de sitio, los planetas han sido habitados, el espacio ha sufrido mutaciones, pero mi Poder y mi Fuerza, junto con los Suyos, gravitan sobre las criaturas incontables que pululan por el Infinito.
21/8/98
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Hoy he optado por enviaros este relato que escribió una muy buena amiga hace 10 años, como véis. He estado un poco apartada de este blog y también de los vuestros, así que tendré que dedicar un tiempo a ponerme al día de cuanto habéis escrito.
Un abrazo fuerte.
SOLEDAD