
El sábado pasado, día 17, fallecía mi amigo Paco. Tenía cáncer. Y la próxima semana habría cumplido 48 años. Se fué silenciosamente. Terminaba así su largo e intenso sufrimiento. Las últimas semanas habían sido especialmente dolorosas. En el hospital querían alargar a toda costa su vida, y averiguar las causas de las complicaciones que íban surgiendo. Quiero creer que no eran conscientes del sufrimiento que todas esas prácticas estaba provocando. Quiero creerlo. En cualquier caso, ahora, lo único que importa, lo único cierto, es que Paco ha dejado de sufrir definitivamente.
Siempre he considerado a la muerte como una buena amiga; y según pasan los años y los fallecimientos de seres queridos, me ratifico más y más en esa creencia. La muerte siempre es una liberación de todo cuanto aquí nos ata, de todo cuanto nos hace sufrir. La muerte nos abre las puertas a la otra vida, la de verdad, la auténtica. Aquí y ahora sólo estamos de paso. Aquí y ahora sólo nos preparamos, adquirimos experiencia, aprendemos a madurar, crecemos... al menos, así debería ser. Lamentablemente, solemos perder demasiado tiempo buscando explicaciones, y nos olvidamos de vivir.
Cuando la muerte llame a mi puerta, se la abriré de par en par, gozosa, expectante. Y me dejaré llevar en sus brazos hasta el regazo del Padre. Un regazo cálido y maternal, donde vivir será un puro delirio de felicidad.